Un Mundo de Fantasía
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Aquí se habla, se juega, se escribe y se dibuja sobre todos aquellos libros que marcan la vida: Harry Potter, Percy Jackson, Las Crónicas de Kane, Los Juegos del Hambre y más, mucho más. Para los fans de la fantasía, la magia, la mitología...
 
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 Leyendo Percy Jackson (I)

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LermanWifePJKET
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MensajeTema: Leyendo Percy Jackson (I)   Sáb 21 Sep 2013, 5:48 pm

Resumen:

Y allí estaban, apilados por orden, unos extraños libros. Zeus agarró el primero y leyó el título:
-Percy Jackson y el Ladrón del Rayo.
Unos truenos resonaron por toda la sala, demostrando el enojo de el rey de los cielos.
-¿Quién osa...? -empezó.
Poseidón levantó la mirada distraído. Estaba preocupado, su hijo no tendría más de 5 años en ese momento. Entonces aparecieron chicos de la nada.
Un chico azabache de ojos verdes estaba sentado bajo una chica de ojos tormentosos y cabellos rubios rizados. A su lado estaba un sátiro de mirada miedosa, una chica fortachona de cabello color caramelo y ojos marrones; y un atractivo chico rubio de ojos azules. Parado, aunque tambaleante, había un chico de cabello negro desgreñado,  piel demasiado blanca y ojos negros con un brillo salvaje y loco que les hacía recordar a el dios de la muerte que estaba frente a ellos.
-¿Qué...? -empezó el ojiverde, pero se interrumpió al ver a unos chicos besuqueándose frente a él, lo que le enfureció sin saber por qué.
-¡SALLY! -vociferó un chico rubio tirándose sobre un joven pelirrojo-. ¡NO TE ACERQUES A MI HERMANA NUNCA MÁS! ¿ME HAS OÍDO, STOLL? 
-¡GROVER! ¡DÉJALO! -la chica que había estado besando al pelirrojo le pegó una patada voladora al rubio-. ¡NO TE ATREVAS A TOCARLE UN SOLO PELO! 
El otro chico se levantó tratando de no mostrar su dolor en el hombro, le lanzó una mirada de odio al chico pelirrojo.
-¡ABUELO! -gritó una niñita de unos 5 años corriendo hacia Hermes y extendiendo los brazos-. ¡GEORGE! ¡MARTHA! -agarró el caduceo y sacó algo de su bolsillo-. ¡GOMITAS! -sonrió ampliamente.
-¿Abuelo? -masculló Hermes sorprendido.

Etiquetas:

Comedia, amor, fantasía, percabeth (?)

Estado:

Empezado :3

PRÓLOGO: ¿Hijos? ¿Nietos? ¿Hijo de Poseidón y de Hades?

Zeus miró a todos los presentes y después suspiró. Su hermano, Hades, y su hermana, Hestia, también estaban presentes. Hizo un ademán con la mano señalando a algo que estaba en el centro de ellos. Y allí estaban, apilados por orden, unos extraños libros. Zeus agarró el primero y leyó el título:

-Percy Jackson y el Ladrón del Rayo.

Unos truenos resonaron por toda la sala, demostrando el enojo de el rey de los cielos.

-¿Quién osa...? -empezó.

Poseidón levantó la mirada distraído. Estaba preocupado, su hijo no tendría más de 5 años en ese momento. Entonces aparecieron chicos de la nada.

Un chico azabache de ojos verdes estaba sentado bajo una chica de ojos tormentosos y cabellos rubios rizados. A su lado estaba un sátiro de mirada miedosa, una chica fortachona de cabello color caramelo y ojos marrones; y un atractivo chico rubio de ojos azules. Parado, aunque tambaleante, había un chico de cabello negro desgreñado,  piel demasiado blanca y ojos negros con un brillo salvaje y loco que les hacía recordar a el dios de la muerte que estaba frente a ellos.

-¿Qué...? -empezó el ojiverde, pero se interrumpió al ver a unos chicos besuqueándose frente a él, lo que le enfureció sin saber por qué.

-¡SALLY! -vociferó un chico rubio tirándose sobre un joven pelirrojo-. ¡NO TE ACERQUES A MI HERMANA NUNCA MÁS! ¿ME HAS OÍDO, STOLL?

-¡GROVER! ¡DÉJALO! -la chica que había estado besando al pelirrojo le pegó una patada voladora al rubio-. ¡NO TE ATREVAS A TOCARLE UN SOLO PELO!

El otro chico se levantó tratando de no mostrar su dolor en el hombro, le lanzó una mirada de odio al chico pelirrojo.

-¡ABUELO! -gritó una niñita de unos 5 años corriendo hacia Hermes y extendiendo los brazos-. ¡GEODGE! ¡MADTHA! -agarró el caduceo y sacó algo de su bolsillo-. ¡GOMITAZ! -sonrió ampliamente.

-¿Abuelo? -masculló Hermes sorprendido.

-Zi, tú edez Hedmez, dioz de... Ehm -frunció el ceño-. ¡Loz viajedoz y loz ladonez! -sonrió ampliamente-. ¡Y tienez doz zedpientez! ¡Geodge y Madtha! Y tienez un zuped zelulad que pende luzezitaz, pedo no ze lo peztaz a papi, podque mami no cree que zea buena idea, ¡y la abuela tampoco! -rió y señaló a Deméter-. Abu Demeted no confía mucho en papi Traviz, pobezito papi, dize mami Katie ziempe.

El chico pelirrojo rió y agarró a la niña subiéndola a sus hombros. Tenía ojos de color miel y una sonrisa traviesa. La niña tenía cabello enrulado castaño claro, ojos de color miel y cachetes rosados y gordinflones.

-Esta pequeñaja es Emma, le gusta dar explicaciones laaaaargas -dijo sonriendo-. Y yo soy Connor II Stoll, y esta preciosura es mi novia, aunque al parecer se ha arruinado la sorpresa -miró enamorado a la chica que había estado besándolo, a lo que Afrodita dejó escapar un suspiro y una sonrisa.

La chica era rubia rizada y de brillantes ojos grises, que eran iguales a los de Atenea. Sonrió tímidamente y se sonrojó.

-Soy Sally, Sally Thalia Jackson -dijo bajando la cabeza-. Y tengo 17 años.

Percy abrió mucho los ojos, ¿esa era su hija? ¿Su hija era más grande que él?

-Y yo soy Grover Paul Jackson -dijo otro, era rubio y de ojos grises, también-. Grover Jackson, 17 años, un placer -sonrió-. Y él... -miró a los otros entrecerrando los ojos-. ¿Lukie? -llamó.

-Aquí -dijo un chico apareciendo de la nada, cogido de la mano de una chica.

Este chico era igual a Percy, de ojos verdes brillantes y cabello azabache revuelto, no pasaba de los 15 años. La chica tenía el cabello chocolate largo y ojos del mismo color.

-Él es mi hermano, Luke -dijo Grover Jackson sonriendo.

Percy miró a Luke y éste bajó la cabeza, confundido, él era el ladrón del rayo, ¿cómo es que Percy le había puesto su nombre a su hijo?

-Seh, soy Luke Tyson Jackson -dijo el aludido sonriendo-. Y ella es... Mi mejor amiga, Bianca.

-Soy Bianca II di Angelo -dijo ésta con una expresión fría y calculadora que recordaba demasiado a Nico-. Y tengo quince años.

Nico suspiró al recordar a su difunta hermana.

-Y yo soy Gabrielle Silena Rodríguez -dijo otra chica, de sonrisa altiva, ojos marrones y cabello colorado-. Tengo 17 años.

-Ehm... ¿Y quién es este... semidiós? -preguntó Zeus confundido mirando a Percy y después a Nico-. ¿Y tú?

-Yo soy Percy Jackson, tengo 12 años y no tengo padre -dijo Percy suspirando. Entonces apareció un tridente sobre su cabeza.

-¿POSEIDÓN? -gritó Zeus.

-¡TÚ ROMPISTE LA PROMESA CON THALIA! -gritó el dios del mar, por lo que Zeus se calló mirándolo furioso.

-Soy Nico, tengo 12 años y soy hijo de Hades. Pero nací antes del Juramento -agregó al ver como Zeus y Poseidón miraban a su hermano-. Y creo, que hay que empezar a leer, me ofrezco como voluntario -se acercó a Zeus y agarró el libro-. Capítulo 1: Accidentalmente vaporizo a mi profesora de introducción al algebra.

__________
Estudiar en Hogwarts, entrenar en el Campamento Mestizo, seguir mi senda en la Casa de Brooklyn, vivir en Idhún, pelear en los Juegos del Hambre y derrumbar la Sociedad
Para ser INFINITO


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MensajeTema: Re: Leyendo Percy Jackson (I)   Dom 22 Sep 2013, 8:36 am

me gusta! cuando subes el segundo capitulo?

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MensajeTema: Re: Leyendo Percy Jackson (I)   Vie 27 Sep 2013, 12:59 am

GENIAAAAL!!

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MensajeTema: Re: Leyendo Percy Jackson (I)   Dom 13 Oct 2013, 10:43 pm

[u]Capítulo 1: Vaporizo accidentalmente a mi profesora de introducción al álgebra

-Soy Nico, tengo 12 años y soy hijo de Hades. Pero nací antes del Juramento -agregó al ver como Zeus y Poseidón miraban a su hermano-. Y creo, que hay que empezar a leer, me ofrezco como voluntario -se acercó a Zeus y agarró el libro-. Capítulo 1: Accidentalmente vaporizo a mi profesora de introducción al algebra.

Mira, yo no quería ser mestizo.
-Absolutamente nadie quiere, Percy -dijo Luke de malhumor, haciendo que Hermes se sintiera culpable.
Si estás leyendo esto porque crees que podrías estar en
la misma situación, mi consejo es éste: cierra el libro inmediatamente. Créete la mentira que tu padre o tu madre te contaran sobre tu nacimiento, e intenta llevar una vida normal.
Ser mestizo es peligroso. Asusta.

-¡Miedoso! -gritaron Clarisse y Ares.
Nico rodó los ojos y siguió leyendo.
La mayor parte del tiempo sólo sirve para que te maten de manera horrible y dolorosa.
Si eres un niño normal, que está leyendo esto porque cree que es ficción, fantástico. Sigue leyendo. Te envidio por ser capaz de creer que nada de esto sucedió.
Pero si te reconoces en estas páginas —si sientes que algo se remueve en tu interior—, deja de leer al instante. Podrías ser uno de nosotros. Y en cuanto lo sepas, sólo es cuestión de tiempo que también ellos lo presientan, y entonces irán por ti.
No digas que no estás avisado.
Me llamo Percy Jackson.
Tengo doce años. Hasta hace unos meses estudiaba interno en la academia Yancy, un colegio privado para niños con problemas, en el norte del estado de Nueva York.
¿Soy un niño con problemas?

-¡No! -murmuró Nico con sarcasmo y Percy lo miró mal, ¿de dónde lo conocía?
Sí.
Podríamos llamarlo así.
Podría empezar en cualquier punto de mi corta y triste vida para dar prueba de ello, pero las cosas comenzaron a ir realmente mal en mayo del año pasado, cuando los alumnos de sexto curso fuimos de excursión a Manhattan: veintiocho críos tarados y dos profesores en un autobús escolar amarillo, en dirección al Museo Metropolitano de Arte a ver cosas griegas y romanas.
Ya lo sé: suena a tortura.
-¿Tortura -preguntaron Annabeth y Atenea sorprendidas
La mayoría de las excursiones de Yancy lo eran. Pero el señor Brunner, nuestro profesor de latín, dirigía la excursión, así que tenía esperanzas. El señor Brunner era un tipo de mediana edad que iba en silla de ruedas motorizada. Le clareaba el cabello, lucía una barba desa- liñada y una chaqueta de tweed raída que siempre olía a café. Con ese aspecto, imposible adivinar que era guay, pero contaba historias y chistes y nos dejaba jugar en clase. También tenía una colección alucinante de armaduras y armas romanas, así que era el único profesor con el que no me dormía en clase.
-¿Te dormías en clase? -preguntó Grover Jackson bufando-. Y luego soy yo.

Esperaba que el viaje saliera bien. Esperaba, por una vez, no meterme en problemas.
Anda que no estaba equivocado.
Verás, en las excursiones me pasan cosas malas. Como cuando en quinto fui al campo de batalla de Saratoga, donde tuve aquel accidente con el cañón de la guerra de Independencia americana. Yo no estaba apuntando al autobús del colegio, pero por supuesto me expulsaron igualmente. Y antes de aquello, en cuarto curso, durante la visita a las instalaciones de la piscina para tiburones en Marine World, le di a la palanca equivocada en la pasarela y nuestra clase acabó dándose un chapuzón inesperado. Y la anterior... Bueno, te haces una idea, ¿verdad?
En aquella excursión estaba decidido a portarme bien.
Durante todo el viaje a la ciudad soporté a Nancy Bobofit, la pelirroja pecosa y cleptómana que le lanzaba a mi mejor amigo, Grover, trocitos de sándwich de mantequilla de cacahuete y ketchup al cogote.
Grover era un blanco fácil. Era canijo y lloraba cuando se sentía frustrado. Debía de haber repetido varios cursos, porque era el único en sexto con acné y una pelusilla incipiente en la barbilla. Además, estaba lisiado. Tenía un justificante que lo eximía de la clase de Educación Física durante el resto de su vida, ya que padecía una enfermedad muscular en las piernas. Caminaba raro, como si cada paso le doliera; pero que eso no te engañe: tendrías que verlo correr el día que tocaba enchilada en la cafetería.
En cualquier caso, Nancy Bobofit estaba tirándole troci- tos de sándwich que se le quedaban pegados en el pelo castaño y rizado, y sabía que yo no podía hacer nada porque ya estaba en periodo de prueba. El director me había amenazado con expulsión temporal si algo malo, vergonzoso o siquiera me- dianamente entretenido sucedía en aquella salida.
—Voy a matarla —murmuré.
Grover intentó calmarme.
—No pasa nada. Me gusta la mantequilla de cacahuete.
—Esquivó otro pedazo del almuerzo de Nancy.
—Hasta aquí hemos llegado. —Empecé a ponerme en
pie, pero Grover volvió a hundirme en mi asiento.
—Ya estás en periodo de prueba—me recordó—. Sabes a
quién van a culpar si pasa algo.

-Gracias igual, Percy -dijo Grover.
-No es nada, eres mi mejor amigo y Nancy era irritante, mandona...
-Es Annabeth y Clarisse juntas, con el cabello de Rachel -murmuró Nico. Grover Jackson dejó escapar una carcajada.
-¿Rachel? -preguntó Percy.
-Es una amiga, hum, y cuidado con su cepillo de pelo azul -Nico volvió a la lectura.
Echando la vista atrás, ojalá hubiera tumbado a Nancy
Bobofit de un tortazo en aquel preciso instante. La expulsión temporal no habría sido nada en comparación con el lío en que estaba a punto de meterme.
El señor Brunner conducía la visita al museo.
Él iba delante, en su silla de ruedas, guiándonos por las
enormes y resonantes galerías, a través de estatuas de mármol y vitrinas de cristal llenas de cerámica roja y negra súper vieja.
Me parecía flipante que todo aquello hubiese sobrevivido más de dos mil o tres mil años.

-¡Alto! -interrumpió Sally levantando la mano-. ¿Papá acaba de llamar "flipante" a algo que tiene que ver con historia?
-Eso parece -coincidió Luke Jackson divertido.
-¡Tío Pedzi dize que a él le impodta la hiztodia a pezar de lo que diga tía Annabeth! -exclamó Emma.
-¿Y tú le crees? -preguntó Annabeth.
-¡Zi podque tío Pedzi no miente! -Emma sonrió-. ¡Tío Pedzy ez bueno! ¡Ezo dize abu Hedmez, pero abu Demeted dize que ez muy flacucho! ¡Como tío Nico! -empezó a reír.
-Ehm... Si -carraspeo Nico-. Voy a seguir.
Nos reunió alrededor de una columna de piedra de casi cuatro metros de altura con una gran esfinge encima, y empezó a contarnos que había sido un monumento mortuorio, una estela, de una chica de nuestra edad. Nos habló de los relieves de sus costados. Yo intentaba prestar atención, porque parecía realmente interesante, pero los demás hablaban sin parar, y cuando les decía que se callaran, la otra profesora acompañante, la señora Dodds, me miraba mal.
La señora Dodds era una profesora de matemáticas pro- cedente de Georgia que siempre llevaba cazadora de cuero, aunque era menuda y rondaba los cincuenta años. Tenía un aspecto tan fiero que parecía dispuesta a plantarte la Harley en la taquilla. Había llegado a Yancy a mitad de curso, cuando nuestra anterior profesora de matemáticas sufrió un ataque de nervios.

Nico se detuvo y miró a Hades. Bianca también.
-¿Es ella? -preguntaron al mismo tiempo.
-No lo sé -el señor de los muertos se encogió de hombros-. Continúa y lo sabremos.
-El título lo dice todo -murmuró Bianca.
Desde el primer día, la señora Dodds adoró a Nancy Bobofit y a mí me clasificó como un engendro del demonio. Me señalaba con un dedo retorcido y me decía «y ahora, cariño», súper dulce, y yo sabía que a continuación me castigaría a quedarme después de clase.
Una vez, tras haberme obligado a borrar respuestas de viejos libros de ejercicios de matemáticas hasta medianoche, le dije a Grover que no creía que la señora Dodds fuera hu- mana. Se quedó mirándome, muy serio, y me respondió: «Tienes toda la razón.»

-Al parecer nosotros también -dijo Bianca mirando a su padre. Él se sintió raro, su hija era mayor que él.
El señor Brunner seguía hablando del arte funerario griego.
Al final, Nancy Bobofit se burló de una figura desnuda cincelada en la estela y yo le espeté:
—¿Te quieres callar? —Me salió más alto de lo que pretendía.
El grupo entero soltó risitas y el profesor interrumpió su disertación.
—Señor Jackson —dijo—, ¿tiene algún comentario que hacer?
Me puse como un tomate y contesté:
—No, señor.
El señor Brunner señaló una de las imágenes de la estela.
—A lo mejor puede decirnos qué representa esa imagen.
Miré el relieve y sentí alivio porque de hecho lo reconocía.
—Ése es Cronos devorando a sus hijos, ¿no?
—Sí —repuso él—. E hizo tal cosa por...
—Bueno... —Escarbé en mi cerebro—. Cronos era el rey
dios y...
—¿Dios?
-¿DIOS? -preguntaron todos los dioses escandalizados.
Percy se sonrojó hasta las orejas y bajó la cabeza.
-Que bien que no me escucharon a mi en la clase de latín -dijo Grover Jackson pensativo-. Dije que Atenea y Poseidón eran esposos.
Los dos dioses lo miraron con odio involuntario.
-¿QUÉ? -gritaron.
-Bueno... -Grover parecía realmente asustado-. Yo los confundí, pensé en papá y...
-¡Calla! -dijo Sally-. ¡No puedes adelantarle el futuro!
-Sally tiene razón -coincidieron Bianca y Luke Jackson-. Sigue papá/tío -volvieron a decir juntos, los dos se sonrojaron un poco y Afrodita sonrió.
—Titán —me corregí—. Y... y no confiaba en sus hijos, que eran dioses. Así que Cronos... esto... se los comió, ¿no? Pero su mujer escondió al pequeño Zeus y le dio a cambio una piedra. Y después, cuando Zeus creció, engañó a su padre para que vomitara a sus hermanos y hermanas...
—¡Puaj! —dijo una chica a mis espaldas.

-Muy puaj -dijo Emma-. ¡Imagina a abu Demeted en la panza de Conoz, Conoz malo, Conoz haced a tío Luke...
-¡EMMA! gritaron los otros del futuro y Nico.
-Pedón -ella hizo puchero.

—... así que hubo una gran lucha entre dioses y titanes —proseguí—, y los dioses ganaron.
Algunas risitas.
Detrás de mí, Nancy Bobofit cuchicheó con una amiga:
—Menudo rollo. ¿Para qué va a servirnos en la vida real? Ni que en nuestras solicitudes de empleo fuera a poner: «Por favor, explique por qué Cronos se comió a sus hijos.»
—¿Y para qué, señor Jackson —insistió Brunner, parafraseando la excelente pregunta de la señorita Bobofit—, hay que saber esto en la vida real?
—Te han pillado —murmuró Grover.
—Cierra el pico —siseó Nancy, con la cara aún más roja que su pelo.
Por lo menos habían pillado también a Nancy. El señor Brunner era el único que la sorprendía diciendo maldades. Tenía radares por orejas.
Pensé en su pregunta y me encogí de hombros.
—No lo sé, señor.
—Ya veo. —Brunner pareció decepcionado
-¡Por los dioses! Papá no tenía ni idea de que era un semidiós, trasero de pony! -todos miraron a Luke Jackson sorprendidos, él era el callado.
—. Bueno, señor Jackson, ha salido medio airoso. Es cierto que Zeus le dio a Cronos una mezcla de mostaza y vino que le hizo expulsar a sus otros cinco hijos, que al ser dioses inmortales habían es- tado viviendo y creciendo sin ser digeridos en el estómago del titán. Los dioses derrotaron a su padre, lo cortaron en pedazos con su propia hoz y desperdigaron los restos por el Tártaro, la parte más oscura del inframundo. Bien, ya es la hora del almuerzo. Señora Dodds, ¿podría conducirnos a la salida?
La clase empezó a salir, las chicas conteniéndose el estómago, y los chicos a empujones y actuando como merluzos. Grover y yo nos disponíamos a seguirlos cuando el profesor exclamó:
—¡Señor Jackson!
Lo sabía.
Le dije a Grover que se fuera y me volví hacia Brunner.
—¿Señor? —Tenía una mirada que no te dejaba escapar:
ojos castaños intenso que podrían tener mil años y haberlo visto todo.
—Debes aprender la respuesta a mi pregunta —me dijo.
—¿La de los titanes?
—La de la vida real. Y también cómo se aplican a ella tus
estudios.
—Ah.
—Lo que vas a aprender de mí es de importancia vital. Espero que lo trates como se merece. Sólo voy a aceptar de ti lo mejor, Percy Jackson.
Quería enfadarme, pues aquel tipo sabía cómo presionarme de verdad. Verás, quiero decir que sí, que molaban los días de competición, esos en que se disfrazaba con una armadura romana y gritaba «¡Adelante!», y nos desafiaba, espada contra tiza, a que corriéramos a la pizarra y nombráramos a todas las personas griegas y romanas que vivieron alguna vez, a sus madres y a los dioses que adoraban.
-¡Eso es genial! -exclamó Luke con sus ojos verdes brillando-. Podría sacar a Anaklusmos y...
-No hace falta que expliques, Lukie querido -dijo Grover Jackson-. No hace falta que te comportes como un arrogante sólo porque tienes habilidad con la espada.
Luke se sonrojó.

Pero Brunner esperaba que yo lo hiciera tan bien como los demás, a pesar de que soy disléxico y poseo un trastorno por déficit de atención y jamás he pasado de un aprobado... No; no esperaba que fuera tan bueno como los demás: esperaba que fuera mejor. Y yo simplemente no podía aprenderme todos aquellos nombres y hechos, y mucho menos deletrearlos correctamente.
Murmuré algo acerca de esforzarme más mientras él de- dicaba una triste mirada a la estela, como si hubiera estado en el funeral de la chica.
Me dijo que saliera y tomase mi almuerzo.
La clase se reunió en la escalinata de la fachada, desde donde se podía contemplar el tráfico de la Quinta Avenida. Se avecinaba una enorme tormenta, con las nubes más negras que había visto nunca sobre la ciudad. Supuse que sería efecto del calentamiento global o algo así, porque el tiempo en Nueva York había sido más bien rarito desde Navidad. Habíamos sufrido brutales tormentas de nieve, inundaciones e incendios provocados por rayos. No me habría sorprendido que fuese un huracán.
Nadie más pareció reparar en ello. Algunos chicos apedreaban palomas con trocitos de cookies. Nancy Bobofit intentaba robar algo del monedero de una mujer y, evidentemente, la señora Dodds hacía la vista gorda.
Grover y yo estábamos sentados en el borde de una fuente, alejados de los demás. Pensábamos que así no todo el mundo sabría que pertenecíamos a aquella escuela: la escuela de los pringados y los raritos que no encajaban en ningún otro sitio.
—¿Castigado? —me preguntó Grover.
—Qué va. Brunner no me castiga. Pero me gustaría que aflojara de vez en cuando. Quiero decir... no soy ningún genio.
Grover guardó silencio. Entonces, cuando pensé que iba a soltarme algún reconfortante comentario filosófico, me preguntó:
—¿Puedo comerme tu manzana?
Tampoco tenía demasiado apetito, así que se la di. Observé la corriente de taxis que bajaban por la Quinta
Avenida y pensé en el apartamento de mi madre, a sólo unas calles de allí.
No la veía desde Navidad. Me entraron ganas de subir a un taxi que me llevara a casa. Me abrazaría y se alegraría de verme, pero también se sentiría decepcionada y me miraría de aquella manera. Me devolvería directamente a Yancy, me recordaría que tenía que esforzarme más, aunque aquélla era mi sexta escuela en seis años y probablemente fueran a expulsarme otra vez. Era incapaz de volver a soportar esa mirada.

-No hay nada peor que esa mirada -coincidieron Sally, Grover y Luke.
El señor Brunner aparcó su vehículo al final de la rampa para paralíticos. Masticaba apio mientras leía una novela en rústica. En la parte trasera de la silla tenía encajada una sombrilla roja, lo que la hacía parecer una mesita de terraza motorizada.
Me disponía a abrir mi sándwich cuando Nancy Bobofit apareció con sus desagradables amigas —supongo que se habría cansado de desplumar a los turistas—, y tiró la mitad de su almuerzo a medio comer sobre el regazo de Grover.
—Vaya, mira quién está aquí. —Me sonrió con los dientes torcidos. Tenía pecas naranja, como si alguien le hubiera pintado las mejillas con espray.
Intenté mantener la calma. El consejero de la escuela me había dicho un millón de veces: «Cuenta hasta diez, controla tu mal genio.» Pero yo estaba tan cabreado que me quedé en blanco. Y a continuación oí un revuelo y estrépito de agua. No recuerdo haberla tocado, pero lo siguiente que vi fue a Nancy sentada de culo en medio de la fuente, gritando:
—¡Percy me ha empujado! ¡Ha sido él!
La señora Dodds se materializó a nuestro lado. Algunos chicos cuchicheaban:
—¿Has visto...?
—... el agua...
—... la ha arrastrado...
No sabía de qué hablaban, pero sí sabía que había vuelto a meterme en problemas.
En cuanto la profesora se aseguró de que la pobrecita Nancy estaba bien y le hubo prometido una camiseta nueva en la tienda del museo, se centró en mí. Había un resplandor triunfal en sus ojos, como si por fin yo hubiese hecho algo que ella llevaba esperando todo el semestre.
—Y ahora, cariño...
—Lo sé —musité—. Un mes borrando libros de ejercicios.
Pero no acerté.
—Ven conmigo —ordenó la mujer.
—¡Espere! —intervino Grover—. He sido yo. Yo la he em- pujado.
Me quedé mirándolo, perplejo. No podía creer que intentara encubrirme. A Grover la señora Dodds le daba un miedo de muerte. Ella lo miró con tanto desdén que a Grover le tembló la barbilla.
—Me parece que no, señor Underwood —replicó.
—Pero...
—Us-ted-se-que-da-quí.
Grover me miró con desesperación.
—No te preocupes —le dije—. Gracias por intentarlo.
—Bien, cariño —ladró la profesora—. ¡En marcha! Nancy Bobofit dejó escapar una risita.
Yo le lancé mi mirada de luego-te-asesino y me volví dispuesto a enfrentarme a aquella bruja, pero ya no estaba allí. Se hallaba en la entrada del museo, en lo alto de la escalinata, dándome prisas con gestos de impaciencia.
¿Cómo había llegado allí tan rápido?
Suelo tener momentos como ése, cuando mi cerebro parece quedarse dormido, y lo siguiente que ocurre es que me he perdido algo, como si una pieza de puzzle se hubiera caído del universo y me dejara mirando el vacío detrás. El consejero del colegio me dijo que era una consecuencia del THDA, Trastorno Hiperactivo del Déficit de Atención: mi cerebro malinterpretando las cosas.
Yo no estaba tan seguro.
Me dirigí hacia la señora Dodds.
A mitad de camino me volví para mirar a Grover. Estaba
pálido, dejándose los ojos entre el señor Brunner y yo, como si quisiera que éste reparara en lo que estaba sucediendo, pero Brunner seguía absorto en su novela.
Miré de nuevo hacia arriba. La muy bruja había vuelto a desaparecer. Ya estaba dentro del edificio, al final del vestíbulo. «Vale —pensé—. Me obligará a comprarle a Nancy una camiseta nueva en la tienda de regalos.» Pero al parecer no era ése el plan.
Nos adentramos en el museo. Cuando por fin la alcancé, estábamos de nuevo en la sección grecorromana. Salvo nosotros, la galería estaba desierta.
Ella permanecía de brazos cruzados frente a un enorme friso de mármol de los dioses griegos. Hacía un ruido muy raro con la garganta, como si gruñera. Pero incluso sin ese ruido yo habría estado nervioso. Ya es bastante malo quedarse a solas con un profesor, no digamos con la señora Dodds. Había algo en la manera en que miraba el friso, como si quisiera pulverizarlo...
—Has estado dándonos problemas, cariño —dijo.
Opté por la opción segura y respondí:
—Sí, señora.
Se estiró los puños de la cazadora de cuero.
—¿Creías realmente que te saldrías con la tuya? —Su
mirada iba más allá del enfado. Era perversa.
«Es una profesora —pensé nervioso—, así que no puede
hacerme daño.»
—Me... me esforzaré más, señora —dije.
Un trueno sacudió el edificio.
—No somos idiotas, Percy Jackson —prosiguió ella—.
Descubrirte sólo era cuestión de tiempo. Confiesa, y sufrirás menos dolor.
¿De qué hablaba? Quizá los profesores habían encontrado el alijo ilegal de caramelos que vendía en mi dormitorio. O quizá se habían dado cuenta de que había sacado la redacción sobre Tom Sawyer de internet sin leerme siquiera el libro y ahora iban a quitarme la nota. O peor aún, me harían leer el libro.

-¡Tom Sawyer es un libro muy bueno! -protestaron Atenea, Annabeth y Sally.
Todos los demás rodaron los ojos.
—¿Y bien? —insistió.
—Señora, yo no...
—Se te ha acabado el tiempo —siseó entre dientes.
Entonces ocurrió la cosa más rara del mundo: los ojos empezaron a brillarle como carbones en una barbacoa, se le alargaron los dedos y se transformaron en garras, su cazadora se derritió hasta convertirse en enormes alas coriáceas... Me quedé estupefacto. Aquella mujer no era humana. Era una criatura horripilante con alas de murciélago, zarpas y la boca llena de colmillos amarillentos, y quería hacerme trizas...
Y de pronto las cosas se tornaron aún más extrañas: el señor Brunner, que un minuto antes estaba fuera del museo, apareció en la galería y me lanzó un bolígrafo.
—¡Agárralo, Percy! —gritó.
La señora Dodds se abalanzó sobre mí.
Con un gemido, la esquivé y sentí sus garras rasgar el
aire junto a mi oreja. Atrapé el bolígrafo al vuelo y en ese momento se convirtió en una espada. Era la espada de bronce del señor Brunner, la que usaba el día de las competiciones.
La señora Dodds se volvió hacia mí con una mirada asesina.
Mis rodillas parecían de gelatina y las manos me temblaban tanto que casi se me cae la espada.
—¡Muere, cariño! —rugió, y voló directamente hacia mí.
Me invadió el pánico e instintivamente blandí la espada. La hoja de metal le dio en el hombro y atravesó su cuerpo como si estuviera relleno de aire. ¡Chsss! La señora Dodds explotó en una nube de polvo amarillo y se volatilizó en el acto, sin dejar nada aparte de un intenso olor a azufre, un alarido moribundo y un frío malvado alrededor, como si sus ojos encendidos siguieran observándome.
Estaba solo. Y en mi mano sólo tenía un bolígrafo.
El señor Brunner había desaparecido. No había nadie excepto yo. Aún me temblaban las manos. Mi almuerzo debía de estar contaminado con hongos alucinógenos o algo así.
¿Me lo había imaginado todo?
Regresé fuera.
Había empezado a lloviznar.
Grover seguía sentado junto a la fuente, con un mapa del
museo extendido sobre su cabeza. Nancy Bobofit también estaba allí, aún empapada por su bañito en la fuente, cuchicheando con sus compinches. Cuando me vio, me dijo:
—Espero que la señora Kerr te haya dado unos buenos azotes en el culo.
-¿Quién? -preguntaron todos en la sala menos Grover y Percy.
—¿Quién? —pregunté.
—Nuestra profesora, lumbrera.
Parpadeé. No teníamos ninguna profesora que se llamara así. Le dije de qué estaba hablando, pero ella se limitó a poner los ojos en blanco y darse la vuelta. Le pregunté a Grover por la señora Dodds.
—¿Quién? —preguntó, y como vaciló un instante y no me miró a los ojos, pensé que pretendía tomarme el pelo.
—No es gracioso, tío —le dije—. Esto es grave.
Resonaron truenos sobre nuestras cabezas.
El señor Brunner seguía sentado bajo su sombrilla roja,
leyendo su libro, como si no se hubiera movido. Me acerqué a él. Levantó la mirada, algo distraído.
—Ah, mi bolígrafo. Le agradecería, señor Jackson, que en el futuro trajera su propio utensilio de escritura.
Se lo tendí. Ni siquiera había reparado en que seguía sosteniéndolo.
—Señor —dije—, ¿dónde está la señora Dodds?
Él me miró con aire inexpresivo.
—¿Quién?
—La otra acompañante. La señora Dodds, la profesora
de introducción al álgebra.
Frunció el entrecejo y se inclinó hacia delante, con gesto
de ligera preocupación.
—Percy, no hay ninguna señora Dodds en esta excursión.
Que yo sepa, jamás ha habido ninguna señora Dodds en la academia Yancy. ¿Te encuentras bien?

-¡Vaya manera de terminar! -exclamaron Luke, Sally y Grover.
-¿Quién quiere seguir leyendo? -preguntó Nico.
-¡Yo quiero! -exclamó Luke Jackson rápidamente.
Se acercó a Nico y le quitó el libro.
-Capítulo dos -dijo-. Tres ancianas tejen los calcetines de la muerte.

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Estudiar en Hogwarts, entrenar en el Campamento Mestizo, seguir mi senda en la Casa de Brooklyn, vivir en Idhún, pelear en los Juegos del Hambre y derrumbar la Sociedad
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MensajeTema: Re: Leyendo Percy Jackson (I)   Dom 13 Oct 2013, 11:43 pm

Está suuuuuuuuuuuper genial!!!

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MensajeTema: Re: Leyendo Percy Jackson (I)   Lun 14 Oct 2013, 1:37 pm

me encanta!

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MensajeTema: Re: Leyendo Percy Jackson (I)   Vie 27 Dic 2013, 3:35 pm

No va a continuar?

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MensajeTema: Re: Leyendo Percy Jackson (I)   Lun 30 Dic 2013, 4:11 pm

Esperemos que sí Smile

Por cierto, bienvenida al foro Clenery!

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MensajeTema: Re: Leyendo Percy Jackson (I)   Lun 30 Dic 2013, 4:21 pm

@Nona97 escribió:
Esperemos que sí Smile

Por cierto, bienvenida al foro Clenery!

Gracias Smile

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MensajeTema: Re: Leyendo Percy Jackson (I)   Mar 03 Feb 2015, 12:23 pm

Wow...
Muy buena!!!, va a haber actualización???
Es que, esta buenisimo!!!
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MensajeTema: Re: Leyendo Percy Jackson (I)   Jue 14 Mayo 2015, 6:11 pm

Es genial, pero tienes que subir.

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